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Chris McKinlay es un matemático de 35 años de la Universidad de California (Los Ángeles, EEUU) que tiene en común con 40 millones de estadounidenses el buscar a su pareja ideal en redes de contactos como Meetic u OkCupid, el servicio que ocupa hoy esta noticia.

El caso es que, después de haber estado como un usuario normal y corriente en el servicio, se dio cuenta de que era un completo fantasma: ninguna mujer se fijaría en el jugando con las reglas actuales del sistema. Así que con un poco de trabajo e ingeniería social consiguió convertir su perfil fantasma en un perfil con el que todas las usuarias querían tener relación. E incluso conseguir encontrar a la pareja de su vida.

Todo esto empezó cuando McKinlay empezó a pensar detenidamente sobre la forma que tienen este tipo de páginas web de encontrar parejas: para ser excatos, OkCupid se basa en algoritmos matemáticos que determinan tu compatibilidad con una pareja a partir de tus respuestas a 350 preguntas de una selección de miles. Según esos mismos algoritmos, el era “compatible” en una cifra superior al 90% con menos de 100 mujeres en una ciudad con dos millones aproximadamente. Y, si sacamos la calculadora, nos dará como resultado una visibilidad equivalente a la de un fantasma.

McKinlay se marcó un objetivo: tenía que aumentar ese número como fuera, y el método perfecto era averiguar que preguntas importaban a las mujeres que a el le gustaban. Si el conocía esas preguntas, podría construir un perfil sincero que contestara a esas preguntas e ignorara el resto. Podría llegar a todas las mujeres de Los Ángeles que verdaderamente fueran para el, y pasar de largo de todas las que no.

Utilizando las matemáticas para encontrar a su mujer ideal

Para conseguir estas preguntas, configuró 12 cuentas falsas en el servicio y programó un script en Python que le permitiera controlar todas a la vez. Ese script tenía la misión de buscar todas las mujeres de su rango demográfico (heterosexuales o bisexuales, de entre 25 y 45 años), y recopilar cada pieza de información disponible en su perfil para crear una base de datos. Tres semanas después tenía en su poder respuestas de 20.000 mujeres de todo el país.

Pero todos esos datos no eran suficientes: necesitaba encontrar un patrón que siguieran regularmente las mujeres en las que estaba interesado. La clave fue un algoritmo llamado K-Modes, que le permitió clasificar los resultados en diferentes grupos basándose en sus respuestas y preguntas. Para confirmar esto configuró sus bots para conseguir otra muestra: esta vez de 5000 mujeres, que fueran de Los Ángeles y San Francisco, y que se hubieran registrado en el último mes. Esta muestra se clasificó de una manera bastante similar a la primera muestra, lo cual mostraba que el sistema funcionaba (y del que podéis ver una representación gráfica justo abajo).

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Ahora sólo tenía que ver cual de los centros era el que más le convencía: en alguno eran demasiado jóvenes, en otro eran demasiado adultas, otro estaba compuesto por mujeres cristianas… hasta que llegó a dos que le convencieron: uno era de mujeres de ventitantos años con profesiones como artistas y músicos, mientras que el otro se componía de mujeres algo más adultas con trabajos creativos como diseñadoras o editoras.

Tenía el rango de mujeres que quería alcanzar, sólo necesitaba llamar su atención: para ello creó dos perfiles en los que enfatizaba su trabajo como profesor de matemáticas, y seleccionó 500 preguntas que eran más populares entre esos dos grupos de gente. Cada uno de los perfiles estaba más inclinado hacia uno de los grupos de mujeres, y contestó a todas las preguntas de forma sincera, ya que quería una relación que no estuviera basada en mentiras generadas por ordenador. Con esto y un poco más de ingeniería social, las visitas y los mensajes empezaron a llover en los perfiles de McKinlay.

Después de muchas citas, e incluso terminar por desechar uno de los grupos de mujeres al perder el interés en el, terminó encontrando a la mujer de su vida: Christine Tien Wang, artista de 28 años y activista. La cosa ha terminado yendo tan bien que pronto serán marido y mujer, a pesar de la distancia que llega a haber entre ellos en lo físico.

Fuente | Wired

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